Paranormal Activity 3

Rara vez la tercera parte de una saga supera a la original. Después de una segunda entrega que perdió el factor sorpresa de la primera cinta de la serie, Paranormal Activity 3 logra mantener al público al borde de un ataque de nervios durante hora y media con una historia tan efectiva como elemental.

La cinta es una “precuela” de las anteriores (¡cómo se han puesto de moda las precuelas!) que narra el origen de de la actividad paranormal alrededor de la familia de Katie (Chloe Csengery), el personaje central de la primera, a quien vemos aquí en 1988, como una niña que habla con fantasmas.

Ante la sospecha de que la casa está habitada por espectros, el papá de Katie (Christopher Nicholas Smith) —camarógrafo y editor de videos—, instala cámaras en varias habitaciones para pescarlos con las manos en la masa.

Por supuesto, cosas raras comienzan a pasar, desde un temblor hasta unos muebles que salen volando, pasando por detalles más sutiles como una lámpara que de pronto se mece de la nada.

Así es, Activity 3 supera en efectividad a las anteriores, pero pongamos las cosas en perspectiva: la saga no propone en realidad grandes desafíos en el guión, ni personajes trascendentes, elementos que admiramos en otros clásicos del horror como El Exorcista o Los Otros.

El objetivo de esta película es darle al público “el susto de su vida” una y otra vez y ver hasta al más valiente tapándose los ojos por miedo a un patatús. Y esto es algo que hace muy bien. Con un tratamiento calculadamente realista (cámara casera en mano) y personajes que parecen improvisar sus líneas en lugar de extraerlas de un guión, Paranormal consigue que los protagonistas parezcan la familia que vive al lado de tu casa.

De hecho, los directores de esta entrega son nada menos que Henry Joost y Ariel Schulman, los realizadores del documental del 2010 Catfish, tan halagado como criticado por contar una historia que a ratos parecía más ficticia que real. Evidentemente, los productores de PA3 querían hacer énfasis en ese feeling.

Y lo consiguieron: la prueba es que el espectáculo se sale de la pantalla y se instala también en el público. Los gritos, las risas nerviosas y la tensión de la sala son también parte del show. A la gente le gusta jugar a asustarse y salir del cine más muerta de risa que de miedo, aun cuando después muchos no quieran apagar la luz para dormir, por lo menos por un tiempo. B+

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