Los niños franceses se portan mejor porque sus padres les dicen que “no”

Una escritora norteamericana proclama la superioridad de la educación en un país donde, asegura, los padres ceden menos y aplican horarios rígidos para mandar a sus hijos a la cama

 

“¿Por qué son superiores los padres franceses?”, se preguntó la periodista estadounidense Pamela Druckerman en un artículo en The Wall Street Journal en ocasión de la publicación en los Estados Unidos del libro en el cual ella responde a la pregunta con una apología de la educación familiar gala.

 

Druckerman es madre de tres niños y vive en París con su esposo, que es británico. “¿Por qué mis amigas francesas nunca tuvieron que dejar el teléfono corriendo porque sus hijos estaban pidiendo algo? ¿Por qué no tienen sus salones ocupados por carpas y muñecos de juguete, como lo están los nuestros?”, escribe.

 

A fuerza de preguntarse cómo hacen los franceses para educar a niños que, contrariamente a los norteamericanos e ingleses, duermen de corrido toda la noche desde los dos meses, no se muestran caprichosos en la mesa ni pedigüeños en el supermercado y, cumbre de la felicidad parental, se van a la cama sin hacer escenas, acabó escribiendo un ensayo sobre el tema.

 

Bringing up bébé: One American Mother Discovers the Wisdom of French Parenting(“Criando a un bebé: una madre americana descubre la sabiduría de los padres franceses”), que en Londres fue publicado con el título French Children Don’t Throw Food (“Los niños franceses no tiran la comida al piso”), sostiene la tesis de que existe una enorme brecha entre la educación anglosajona y la que se aplica en Francia.

 

Druckerman insiste fuertemente en el hecho de que a los francesitos se les enseña aportarse bien en sociedad. Asegura que en el Eurostar -el tren bala que une París con Londres en tres horas- se puede distinguir la nacionalidad de un niño sin escucharlo hablar. El que grita y corre por los corredores entre las filas de asientos con toda seguridad no es francés.

 

La autora no sólo basa sus conclusiones en la experiencia vivida en sus desplazamientos a Londres sino también en sus incursiones a restaurantes en Paríscon su marido y su primera hija, siendo ésta pequeña, en el transcurso de las cuales observó que los hijos ajenos eran más juiciosos y pacientes que la suya y que ella comía a las apuradas para poder irse del lugar antes de que su niña de 18 meses incomodase a los demás comensales.

 

“Pronto me di cuenta de que los padres franceses habían logrado una atmósfera muy distinta en su vida familiar. Cuando nos visitaban familias estadounidenses, los padres pasaban generalmente una buena parte de su tiempo arbitrando en las peleas de sus hijos, ayudando a los más chiquitos a caminar por la cocina o arrojándose al piso para construir con los Lego [ladrillos de plástico]. Cuando venían familias francesas, los adultos tomaban un café mientras los niños jugaban solos, muy contentos”, escribe Druckerman.

 

Su conclusión es que, si bien “no son perfectos”, los padres franceses “tienen secretos de educación que realmente funcionan”. Considera que comparten sus mismos valores en la materia -hablar con los niños, leerles libros, llevarlos a practicar tenis o pintura o al museo-, pero que no caen en los excesos de una educación norteamericana “al servicio constante de los niños”. Druckerman señala, por ejemplo, que en los Estados Unidos las madres creen que alentar a un niño a jugar solo es algo “medianamente importante”, mientras que para las madres francesas es algo “muy importante”.

 

Esto le parece admirable, al igual que la capacidad que atribuye a los progenitores galos de decir que “no” a sus niños, enseñándoles de este modo a tener paciencia. No ceder a sus exigencias de inmediato sería una de las claves del éxito, junto con la aplicación de reglas estrictas en materia de alimentación y de horarios de acostarse, entre otras.

 

Druckerman cita también un estudio realizado en 2009 por economistas de Princeton, comparando la experiencia de la crianza en madres de Columbus, Ohio, y de Rennes, Francia. La conclusión es que las madres norteamericanas consideran la tarea de lidiar con sus hijos el doble de ingrata que sus pares francesas.

 

El libro de Druckerman no tardó en recibir las correspondientes réplicasUn artículo en el británico The Observer sostiene que “en Francia, un niño raramente es visto como igual a los adultos“, en algo que para algunos puede ser un elogio antes que una crítica. “(Un niño) es un hombrecito listo para ser formateado por sus padres y, sobre todo, por la escuela. Debe ser encuadrado, conformarse a un marco preciso y frecuentemente rígido que coloca a los buenos modales y a las matemáticas por encima de la creatividad y la expresión. Si un francesito hace una escena, no se lo disculpa so pretexto de que tiene derecho a expresarse: se le da una paliza y, si sigue, se lo manda al psicólogo”, afirma el periódico británico.

 

The Observer sostiene también que los anglosajones que viven en Fancia se ven frecuentemente “consternados por la rigidez asfixiante de las escuelas francesas, en las cuales aprender de memoria importa más que comprender, donde la creatividad está sujeta por el conformismo y donde lo que piensan los niños importa menos que su capacidad para expresarse en una gramática y estilo impecables”.

 

Para Druckerman, en cambio, eso también es motivo de admiración. En las escuelas francesas, dice, se apunta a lo fundamental: gramática, escritura y memorización, antes que a las actividades lúdicas privilegiadas por la educación anglosajona.

 

El libro ha generado un debate similar al que causó el año pasado la tesis de Amy Chua, estadounidense de origen chino, que proclamó la superioridad de la educación china, estremadamente rigurosa y restrictiva.

 

Otro libro que fue best seller en los Estados Unidos fue uno en el cual un padre, víctima de la tiranía de su pequeña de 3 años, llena de exigencias a la hora de ir a dormir, hizo catarsis expresando en los poemas y cuentos que inventaba para calmar a la fierecilla sus verdaderos sentimientos. El título: Te vas a dormir de una vez por todas, carajo.

 

A la luz de las observaciones de Pamela Druckerman, puede asegurarse que ningún padre francés invertiría tanto tiempo ni esfuerzo en “dormir” a sus hijos.

 

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